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La crisis del diseño y la automedicación

Frecuentemente se habla de una falta de reconocimiento de la actividad profesional del diseño. Infinidad de ocasiones, los diseñadores se quejan amargamente de los clientes, y del poco respeto que en general la sociedad le tiene a la profesión del diseño, en sus diversas expresiones. A algunos les va mejor que a otro sobre las diversas opiniones que pudiera tener cualquier ciudadano, funcionario, cliente, o inclusive familiar, acerca de las funciones, objetivos y aportaciones de un diseñador a la cultura, la sociedad y la actividad económica de un país.

En no pocas ocasiones, pareciera que el diseñador se ha convertido en una víctima incomprendida, que lo ha llevado a tener una baja autoestima profesional. Encontramos en la redes sociales ejemplos de la autoflagelación del diseñador quejándose de los clientes que le hacen dar vueltas para terminar diciendo que no requiere de sus servicios, los cuales pueden sustituirse por algún hijo con dotes artísticas, o algún conocido familiar que maneja muy bien la computadora.

O bien, cuando se realiza un proyecto, la actitud de parte de los clientes que parece que le hacen un favor al diseñador al momento de solicitar sus servicios; esto, expresado en la falta de respeto al tiempo del diseñador, quien tiene que hacer antesala con la esperanza de ser atendido; o ya durante el desarrollo del proyecto, de las modificaciones constantes que se hacen a las propuestas, de la interferencia irrespetuosa a las opiniones del que se supone es el experto y, más aún, a las objeciones y modificaciones constantes que se realizan al proyecto, derivados de un supuesto conocimiento del cliente acerca de cómo se debe diseñar y de una opinión subjetiva sobre cual debe de ser la propuesta adecuada, sin importar lo que diga la investigación realizada ni la opinión del consumidor final del producto de diseño.

Y qué decir acerca de los honorarios que deben ser pagados por los servicios profesionales de diseño. Por qué pagar por algo que es fácil de hacerse y que inclusive puede ser realizado por el propio cliente o su hijo artista. Sabemos que el diseño está entre las profesiones menos remuneradas y que los salarios que se perciben están muy cerca de cualquier actividad que no requiere estudios y muy lejos de algunas profesiones que se cotizan muy bien en el mercado laboral.

Ante este panorama, valdría la pena hacer una reflexión acerca del país en el que vivimos y de la forma en que trata a sus profesionistas, veremos que el diseño no es la excepción en cuanto a cómo la sociedad trata a las personas que tuvieron la osadía de estudiar y prepararse en las universidades, invirtiendo gran parte de su vida, de su tiempo y del desgaste de sus neuronas para aportar algo a la sociedad.

Es así que podríamos pensar en una actitud de victimización generalizada de prácticamente todos los profesionistas de nuestro país. Del médico, quejándose de que todo mundo se auto-medica, y de que el mejor médico no está en el consultorio o en un hospital, sino en la publicidad indiscriminada en los medios masivos de comunicación que precisamente invitan a no ir al médico. El contador, que pareciera no es un profesionista necesario, pues es tan fácil hacer las declaraciones de impuestos en el Portal del SAT y por lo cual no son indispensables sus servicios. Para que invertir tanto estudio para ser Chef, si prácticamente todo ser humano tiene la capacidad de meterse a la cocina y de preparar comida, o más aún, por la competencia desleal de la señora que saca su brasero y su comal y se atreve a preparar y vender alimentos preparados, trátese de “garnachas”, hamburguesas, “hot dogs”, o bien, algo más elaborado como un pozole o unos “tacos al pastor”.

Como vemos, el diseño no es la excepción en la realidad de la práctica profesional en nuestro país, por lo que una actitud de queja, baja autoestima, reproche o victimización acerca del trato que recibe, lejos de ayudar al profesional del diseño a ser reconocido, lo aleja, al no saber él mismo como ganarse ese respeto.

La automedicación no terminará con los médicos ni les restará prestigio. A un chef profesional no le quita el sueño la señora de la esquina, y al contador preparado no le preocupa la página web del SAT. A un diseñador profesional no le debe preocupar el cliente que no reconoce su trabajo, porque su profesionalismo y preparación le indicará oportunamente cual cliente es merecedor de sus servicios, y a cual debe negárselos. Saber decir “no”, es un buen principio.

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